Era un poeta, con la cabeza más allá del cielo, que caminaba por los campos sembrando sueños, no tuvo miedo a convertirse en caballero, no tuvo miedo a convertirse en caballero. Y se olvidó de su destino y se forjó un nuevo camino.
Y ahora está feliz, sin necesidad olvidándose del tiempo, de la pena y de la edad, no está demás, sufrir para ver la realidad el poder de su ilusión es el motor a su verdad.
El flamante aventurero, galopando en su amigo y fiel rocín, por las tierras encantadas donde no se ha de morir, cruzando el horizonte de un atardecer sin fin.
Y una poderosa magia va creciendo en su volátil corazón, una ardiente y fiera espada y una uña de dragón, y en su ruta una princesa, que será su motivación.
Y así fue, como aquel noble e ingenioso caballero se lanzó a enfrentar nuevos retos, ni siquiera su descomunal imaginación pudo vislumbrar lo que vendría. Pues sería la magia de una tierna y dulce flor, lo que cambiaría su concepto de gloria y amor.
Y como las estrellas que flotan sobre el sagrado mar, el ingenioso caballero se lanza a la aventura, encomendándose a su única y mística doncella, la de impar figura, la de blanca piel, la de ojos… infinitos.